El pasado mes de marzo -en el marco de la Semana de la Formación y del Trabajo que organizó la Fira de Barcelona– tuvo lugar en Barcelona una nueva edición de dos grandes acontecimientos para quienes desean seguir cursando estudios en un entorno tan complicado como el actual: el Saló de l’Ensenyament y el Saló Futura.
A pesar de la crisis (o gracias a ella), el evento fue todo un éxito. Multitud de jóvenes ilusionados se acercaron hasta los distintos pabellones de Montjuïc para conocer de primera mano la oferta educativa y recabar la máxima información acerca de los centros educativos del país y del extranjero. La mayoría de ellos se hicieron con centenares de folletos -lo que dificultó su regreso a casa, igual que ocurre los domingos, cuando uno se dispone a regresar del kiosco – con la esperanza de encontrar en ellos la respuesta a sus dilemas profesionales. Algunos ya sabían de antemano qué iban a estudiar en el futuro, a falta de escoger el centro donde hacerlo. Otros, en cambio, fueron en busca de una disciplina a la que destinar sus neuronas durante los próximos años.
Sea como fuere, no saben la suerte que tienen los jóvenes de tener una antesala universitaria antes de su inserción laboral. En el siglo XIX, los profesionales apenas tenían una formación académica. Dejaban a un lado la niñez (o la adolescencia en el mejor de los casos), para incorporarse en el mundo laboral. En el mundo de la publicidad, sin ir más lejos, los primeros profesionales –Rafael Roldós, Pedro Prat Gaballí, Rafael Barrios entre una larga lista- fueron personas que, por algún motivo o coincidencia, se sintieron atraídas por esta apasionante profesión y decidieron dedicarse por entero a ella. En cualquier caso, no tuvieron la suerte de cursar unos estudios; sus conocimientos eran fruto del día a día. Las lecciones se las ofreció cada cliente, cada cuenta y cada campaña. Aprendieron el oficio de planificar los medios a base de esfuerzo y experiencia. Sin apenas recursos, terminología y medios los profesionales perseguían los mismos objetivos que en la actualidad: rentabilizar el presupuesto de cada anunciante y buscar el máximo impacto con la menor inversión posible. No hay que olvidar que lo mismo ocurre con los clientes, que tampoco contaban con mucha más formación. En este contexto tuvieron que aprender juntos, compartiendo éxitos y fracasos.
Grados, másteres, postgrados, universidades -públicas y privadas-, escuelas de negocio, fundaciones, centros de formación continua, colegios profesionales… la oferta es ilimitada. Hoy nadie puede permitirse el lujo de “no saber”. Merece la pena que los profesionales del mañana sean primero estudiantes de hoy. Sólo así podremos mantener la planificación como una profesión grande, digna y extremadamente útil para la actividad publicitaria. Hagámoslo en homenaje a aquéllos que no tuvieron la oportunidad de planificarse su futuro.


