Los días previos al 14 de febrero los medios de comunicación se convierten en un hervidero de publicidad. Tal es el poder de San Valentín que ha provocado que todos nos movamos empujados por algo tan etéreo como el amor.
Cualquiera de nosotros es susceptible de ser atomizado por las numerosas campañas que realizan las agencias de publicidad, por órdenes de sus respectivos anunciantes, con el objetivo de vendernos todo tipo de productos y servicios para regalar a nuestras parejas. En cierto modo, es como si existiera una macro campaña de publicidad, protagonizada por los fabricantes –que ejercen como anunciantes– y una micro campaña, en la que las parejas son los actores principales.
¿Demostrar el amor con una lavadora? por lo menos ahora, discutible.
En el primer caso, nos encontramos ante el esquema clásico de publicidad, donde el anunciante contrata a una agencia para que persuada a sus clientes en su propio beneficio. En estos casos, los publicitarios harán todo cuanto esté en sus manos para satisfacer los objetivos de venta de sus apreciados clientes y todo, absolutamente todo, será susceptible de ser vendido, a cualquier precio y a través de cualquier medio.
La cena romántica no falla, sobre todo si la publicitas bien.
Por otro lado está la (gran) campaña individual de quienes sucumben a los poderes de San Valentín. Sin embargo, antes de obrar merece la pena realizar una reflexión: ¿qué se quiere comunicar con un regalo? Hay que tener en cuenta que se trata de una campaña para conquistar (o reconquistar) a otra persona. Es precisamente en la elección del regalo donde recae la importancia. Y es que no es lo mismo regalar unos dulces bombones que una operación de estética, ni un exótico viaje que una televisión para viajar desde el salón de casa. Tampoco lo es regalar una vajilla de porcelana en vez de una cena en un restaurante. Sin duda son regalos preciosos pero no significan lo mismo.
Complacer a ambos a la vez era una buena idea hace 60 años…
Seguramente todos ellos se regalan con la mejor intención, pero no todos serán recibidos con el mismo entusiasmo. No todo reside en las bondades del producto sino en cómo, dónde, cuándo y a quién se entrega el presente. Para que todo salga bien es imprescindible respetar los elementos propios de cualquier esquema comunicativo: emisor, receptor, mensaje, código, canal y contexto. El ser publicitario por un día implica muchas responsabilidades pero la primera es tomar consciencia de que vamos a iniciar un proceso de comunicación con el objetivo de persuadir e influir en la percepción del prójimo hacia nosotros y de demostrarle cuán grande es el amor que sentimos hacia nuestro interlocutor.
… y seguramente también en la época actual.
En ocasiones eso no es tarea fácil, pero una campaña bien diseñada facilitará que las parejas consigan su objetivo particular, y para ello se requiere de la intervención de experimentadas agencias de publicidad y de medios que sepan qué decir y cómo hacerlo. Porque, como cualquier campaña, para que funcione hace falta algo más que valentía; hay que dejarlo en manos de profesionales. Y es que en San Valentín es mejor dejar los diminutivos a un lado.



