por Roldós | Nov 15, 2012 | Publicidad y medios
Cuando hablamos de economía del lenguaje nos estamos refiriendo a dos aspectos: al valor y al coste de las palabras. El primer concepto hace alusión a su valor per se, al qué y al cuánto puede llegar a decir una simple palabra. De hecho, esa es su función, comunicar. Por otro lado, el segundo concepto se refiere a una dimensión puramente económica. Al precio de las palabras.
La historia nos ha demostrado que tanto en los medios de comunicación personal como en los de masas (con fines comerciales), el precio de la palabra sí importa. Existen medios de comunicación personal caracterizados por sus limitaciones de espacio, como son el telegrama o los SMS. Y lo mismo ocurre con los masivos; podríamos hablar de dos casos en los que la palabra es el bien más preciado: los anuncios por palabras, (ya sea orientados a la compra de bienes o a la contratación de servicios) y el twitter.

Desde el siglo XIX las agencias especializadas en este tipo de anuncios, eran perfectamente conscientes del valor de una palabra. Como su propio nombre indica, este tipo de breves anuncios de prensa, generalmente sin ilustraciones, se tarifaban (y continua siendo del mismo modo) según el número de palabras o líneas. Si actualmente estamos delimitados por un número máximo, los 140 caracteres, antiguamente era el precio de cada letra el que marcaba el límite. Anuncios como este realizado por Roldós y Compañía y publicado en La Vanguardia demuestran cuánto dice cada una de las palabras que aparecen: «Joven se necesita, para trabajos fáciles de almacén y que sepa hacer anotaciones sencillas»[1] En él, todas y cada una de las palabras están perfectamente seleccionadas. Ni sobra ni se echa ninguna en falta.

Por tanto, podríamos decir que, del mismo modo que apreciamos más leer aquella información por la que hemos pagado un coste, aunque sea simbólico, valoramos más lo que decimos cuando tenemos que pagar por ello. Y no se trata de hacer apología de la privatización de la información, pero cuando pagamos por hablar, reformulamos el mensaje hasta dar con la clave más económica. Lo vemos de manera muy clara con las herramientas proporcionadas por el teléfono móvil. Cuando disponíamos de los SMS como única vía de comunicación escrita, todos habíamos reformulado una y mil veces el texto, acortando las palabras las veces que fueran necesarias hasta dar con el modo de hacerlos caber en un único mensaje. Sin embargo, la información que hacemos circular a través del Whatsapp u otras aplicaciones gratuitas, es completamente banal, además de excesiva. Es más, en muchas ocasiones no llegamos ni a introducir ningún carácter, sino que hacemos uso de emoticonos, fotografías o cualquier otra elemento gráfico.
Lo mismo ocurre con twitter. Al parecer, tan sólo el 8,7% de los mensajes publicados en esta red social puede llegar a tener algún tipo de valor. Por el contrario, más de un 80% del contenido es totalmente intrascendente, un 40,5% no son más que frases o palabras de interés casi nulo y un 37% son mensaje de conversaciones que solo interesan a los protagonistas[2].

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¿No será que somos más materialistas de lo que pensamos y realmente sólo valoramos aquello por lo que pagamos?, ¿Deberíamos ponerle precio a los tweets para que realmente tuvieran algo de valor?, ¿Y cuál sería su precio?
Nos encontramos ante una sociedad que no sabe distinguir entre el valor de las palabras y su coste, que sólo les da sentido si tiene que pagar por utilizarlas ya que si son gratis pierden el respeto que merecen.
Quizás sea necesaria una reflexión acerca de si merece la pena haber dejado atrás aquellos anuncios por palabras en los que cada palabra tenía no sólo un valor semántico sino también un valor económico.
[1] LA VANGUARDIA. Hemeroteca [En línea]. Barcelona: La Vanguardia, 20 enero, 1905.
por Roldós | Oct 17, 2012 | Publicidad y medios
Crear es producir algo de la nada. Eso es lo que hicieron los primeros agentes publicitarios españoles durante la segunda mitad del siglo XIX. Fue por aquél entonces cuando un pequeño número de expertos decidieron profesionalizar su actividad y dedicarse por entero a ella. El saber hacer adquirido tras largos años de experiencia como corredores de anuncios en solitario, les animó a estructurarse bajo un organigrama empresarial y crear sus propias agencias de publicidad. Estas personas fueron capaces de dejar atrás sus miedos para actuar con valentía, coraje y visión, y todo ello con un único objetivo: crear.
Nacía una estructura sólida de algo que hasta entonces era un organigrama unipersonal. Como muy bien relata el célebre historiador Raúl Eguizábal en relación a los inicios de la actividad, “tuvo unos difíciles comienzos, pues los anuncios –como se llamaba por entonces a la publicidad– eran considerados un gasto suntuoso, y no era fácil convencer a los anunciantes de que podía ser un dinero bien empleado”.[1]

La Agencia Roldós y Cª fue una de las pioneras en España.
Hoy, 150 años más tarde y en plena madurez de la profesión, se habla de personas y proyectos emprendedores, llegándose a lanzar incluso campañas para su fomento. Según informa el semanario Anuncios con fecha de 8 de octubre,[2] la Asociación Europea de Agencias de Comunicación (EACA) ha puesto en marcha This is my future, una campaña de apoyo a los jóvenes emprendedores europeos, cuyo objetivo es conseguir 500.000 nuevos negocios, algo nada fácil en proyectos enmarcados en una disciplina que se encuentra inmersa en una doble crisis: la económica y la propia del sector.
Con esta campaña se pretende motivar a los jóvenes con talento e incentivarles para que tiren adelante sus proyectos. Las vicisitudes económicas y laborales actuales han provocado una merma en la materialización de las iniciativas empresariales ya sea por la falta de recursos o por exceso de miedo.

Según la RAE, una persona emprendedora es aquella que emprende con resolución acciones dificultosas o azarosas. Asimismo, se entiende por «emprender»: acometer y comenzar una obra, un negocio, un empeño, especialmente si encierran dificultad o peligro, mientras que «reemprender» es continuar una acción que se había interrumpido.
Ante estas definiciones, ¿no sería conveniente distinguir entre emprender y reemprender? El debate se establece en base a esta línea cronológica que separa estas dos realidades. Teniendo en cuenta que recrear es producir algo de nuevo, ¿no sería más correcto, en el período actual, hablar de «recreación» o incluso de «reemprender»?
En la década de 1850 no había nada inventado. Por no haber no había ni profesión. Estos primeros agentes mucho tuvieron que batallar para crear las primeras agencias de publicidad sin ningún referente ante el que inspirarse. Y no sólo eso; tuvieron que embarcarse en una ardua lucha para convencer a aquellos que no creían en las bondades de una publicidad incipiente y desconocida.
Ahora, en cambio, el tablero está sobre la mesa. Se pueden cambiar las fichas, el número de jugadores y hasta las reglas de juego, pero el terreno sobre el que caminar ya está asfaltado. Nos encontramos en un entorno en el que caerse es sencillo, pero levantarse todavía lo es más. Merece la pena comprender el significado real de las palabras y ver que en pleno siglo XXI lo que podemos hacer es recrear una creación ya existente, o lo que es lo mismo, iniciar un nuevo proyecto, no una nueva profesión. Y para ello no hace falta nada más que voluntad. Dejemos a un lado el miedo y adoptemos una actitud de valentía. El miedo no define a los emprendedores, por muy negro que sea el entorno.
Dicho esto, ¡que siga el juego!
[1] EGUIZÁBAL, R. Historia de la publicidad. Barcelona: Eresma&Celeste, 1998, p. 449.
[2] Anuncios. (2012). “La Asociación Europea de Agencias lanza una campaña de apoyo a los jóvenes emprendedores”. Anuncios (núm.1434, 8-14 octubre, pág. 2).