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Cuando hablamos de economía del lenguaje nos estamos refiriendo a dos aspectos: al valor y al coste de las palabras. El primer concepto hace alusión a su valor per se, al qué y al cuánto puede llegar a decir una simple palabra. De hecho, esa es su función, comunicar. Por otro lado, el segundo concepto se refiere a una dimensión puramente económica. Al precio de las palabras.

La historia nos ha demostrado que tanto en los medios de comunicación personal como en los de masas (con fines comerciales), el precio de la palabra sí importa. Existen medios de comunicación personal caracterizados por sus limitaciones de espacio, como son el telegrama o los SMS. Y lo mismo ocurre con los masivos; podríamos hablar de dos casos en los que la palabra es el bien más preciado: los anuncios por palabras, (ya sea orientados a la compra de bienes o a la contratación de servicios) y el twitter.

Desde el siglo XIX las agencias especializadas en este tipo de anuncios, eran perfectamente conscientes del valor de una palabra. Como su propio nombre indica, este tipo de breves anuncios de prensa, generalmente sin ilustraciones, se tarifaban (y continua siendo del mismo modo) según el número de palabras o líneas. Si actualmente estamos delimitados por un número máximo, los 140 caracteres, antiguamente era el precio de cada letra el que marcaba el límite. Anuncios como este realizado por Roldós y Compañía y publicado en La Vanguardia demuestran cuánto dice cada una de las palabras que aparecen: «Joven se necesita, para trabajos fáciles de almacén y que sepa hacer anotaciones sencillas»[1] En él, todas y cada una de las palabras están perfectamente seleccionadas. Ni sobra ni se echa ninguna en falta.

Por tanto, podríamos decir que, del mismo modo que apreciamos más leer aquella información por la que hemos pagado un coste, aunque sea simbólico, valoramos más lo que decimos cuando tenemos que pagar por ello. Y no se trata de hacer apología de la privatización de la información, pero cuando pagamos por hablar, reformulamos el mensaje hasta dar con la clave más económica. Lo vemos de manera muy clara con las herramientas proporcionadas por el teléfono móvil. Cuando disponíamos de los SMS como única vía de comunicación escrita, todos habíamos reformulado una y mil veces el texto, acortando las palabras las veces que fueran necesarias hasta dar con el modo de hacerlos caber en un único mensaje. Sin embargo, la información que hacemos circular a través del Whatsapp u otras aplicaciones gratuitas, es completamente banal, además de excesiva. Es más, en muchas ocasiones no llegamos ni a introducir ningún carácter, sino que hacemos uso de emoticonos, fotografías o cualquier otra elemento gráfico.

Lo mismo ocurre con twitter. Al parecer, tan sólo el 8,7% de los mensajes publicados en esta red social puede llegar a tener algún tipo de valor. Por el contrario, más de un 80% del contenido es totalmente intrascendente, un 40,5% no son más que frases o palabras de interés casi nulo y un 37% son mensaje de conversaciones que solo interesan a los protagonistas[2].

Logo de Twitter: podéis seguir las novedades de Roldós en nuestro twitter @AgenciaRoldos.

¿No será que somos más materialistas de lo que pensamos y realmente sólo valoramos aquello por lo que pagamos?, ¿Deberíamos ponerle precio a los tweets para que realmente tuvieran algo de valor?, ¿Y cuál sería su precio?

Nos encontramos ante una sociedad que no sabe distinguir entre el valor de las palabras y su coste, que sólo les da sentido si tiene que pagar por utilizarlas ya que si son gratis pierden el respeto que merecen.

Quizás sea necesaria una reflexión acerca de si merece la pena haber dejado atrás aquellos anuncios por palabras en los que cada palabra tenía no sólo un valor semántico sino también un valor económico.



[1] LA VANGUARDIA. Hemeroteca [En línea]. Barcelona: La Vanguardia, 20 enero, 1905.

[2] Fuente

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