Seleccionar página

Apreciad lector/a:

Mi nombre es Roldós Media, aunque algunos me conocéis como Roldós Publicitat o, simplemente como Roldós. Es cierto, mi nombre ha ido cambiando a lo largo del tiempo, pero después de tanto tiempo, supongo que es normal. En estos momentos te estarás preguntando por qué, hoy, escribo yo este post, a título personal. Bueno, empresarial, mejor dicho. Pues bien, tengo el placer de anunciar que ¡cumplo 150 años! Algunos pensaréis que soy algo vieja; otros tantos, que soy mayor; algunos pocos, antigua; y los más (espero), que soy, simplemente, una agencia veterana.

El caso es que, allá por 1872, don Rafel Roldós Viñolas -tras años de experiencia profesional como agente de publicidad y de otros proyectos empresariales- tuvo el valor de fundar, en un pequeño local de la céntrica calle Escudellers de Barcelona, el centro de Anuncios Roldós y Compañía, una embrionaria agencia de publicidad orientada a la tramitación de anuncios y que presumía de ofrecer “grandes ventajas para el anunciante”. O, lo que es lo mismo, fue el año en que nací yo. Mis mocedades estuvieron marcadas por un rápido crecimiento, impropio en los tiempos de que hablamos, donde se empezaban a dejar atrás largos años de hambruna y de miseria. Por lo que me contaron, tuve una importante labor en la configuración de la fisonomía de la ciudad en tanto que participé activamente en el hilado de su tejido empresarial, en tanto que impulsé su actividad comercial a través de una nueva herramienta: los anuncios. A finales del siglo XIX -tras el derribo de las murallas que delimitaban el centro de la ciudad, la implementación del Ensanche de Barcelona y la revolución industrial y textil que se produce con fuerza en Catalunya- Barcelona se transforma. A partir de ese momento, las fronteras se empiezan a desdibujar y todo y todos empiezan a ser accesibles.

Así las cosas, tengo el honor de ver nacer a grandes marcas, algunas ya desaparecidas y otras que aún perviven, y a propósito de estos acontecimientos y del arraigo que siento hacia ellas, me veo en la obligación de velar por su crecimiento, una decisión que me conduce a iniciarles en esto de la publicidad, una actividad, la anunciadora, que por entonces contaba con poco crédito, lo que dificultaba mucho mi labor. En plena juventud, nada se me resistía, así que me animé, también, a conseguir otro difícil reto: que lectores y transeúntes aceptaran su papel de audiencia y de consumidores, y se acostumbraran a convivir con anuncios, y a que supieran darles el crédito que empezaban a merecerse. Y todo ello sin olvidarme de los medios, por aquel entonces, la prensa y las revistas, cuya trayectoria hubiera sido más bien efímera si no hubiera estado la publicidad de por medio.

El cambio de siglo fue especialmente convulso: guerras mundiales, guerras civiles, gripes pandémicas -pese a las incontables vitorias a las que hizo frente, Rafael Roldós perdió la batalla contra la gran epidemia de gripe de 1918-, devastadoras crisis económicas, y un sinfín de acontecimientos que pusieron en jaque a todos los sectores, entre ellos, también al publicitario. Pero, una vez más, tuve la suerte de poder superar todas las adversidades, ingenua aún de lo que me iba a deparar el futuro. ¡Juventud, divino tesoro! Durante todo el siglo XX me mudé unas cuantas veces, lo que me permitió darme a conocer aún más y consolidar mi imagen como una de las agencias más importantes del país. En 1929 tuve ocasión de establecer alianzas con otras agencias y juntas creamos la Empresa Española Roldós-Tiroleses, S.A. de Publicidad -la primera gran fusión de agencias de publicidad del país-. Este movimiento empresarial me acercó a otras maneras de hacer y, por supuesto, a ver cómo se trabajaba en otras comunidades autónomas. De esta experiencia, obtuve varios clientes y colaboradores que aún mantengo. En 1933 mi nombre volvió a cambiar, y pasé a ser, durante un breve período de tiempo, Rodós-Gispert, pero la guerra civil truncó la iniciativa; pronto volví a emprender mi camino en solitario.

Tras la transición, llegó la televisión. ¡Cuántos anuncios se llegaron a rodar en los bajos del maravilloso local en el que estuve, en Vergara, 11! Seguramente, muchos me recordáis porque fui el primero en tener un ascensor hidráulico de la ciudad. Aunque si nos ponemos melancólicos, no puedo obviar mis años más bohemios y glamurosos… la época en que abrí una sucursal en la afamada calle Tuset, la Madison Avenue barcelonesa, cuna de corrientes artísticas y culturales y por donde desfilaron los cuerpos y las almas de la gente más variopinta del panorama nacional e internacional. ¡Qué tiempos aquellos! Pero todo lo bueno se acaba, o eso dicen, así que después de estos años de explosión creativa, se produjo un acontecimiento que cambiaría para siempre el negocio publicitario. Nos encontramos ante los primeros años de internet, un nacimiento que, aunque tímido, ya dejaba entrever que algo importante estaba por llegar. Y vaya si llegó… Aquí sí que pasé miedo. Bueno, yo y todos los que nos dedicábamos a esto. Fue entonces cuando decidí cambiar el rumbo de mi trayectoria. Supe ver (a tiempo) y aceptar (a tiempo) que las grandes multinacionales disponían de unos recursos a los que yo, pese a mis años de experiencia y a mis momentos de gloria, no me podía enfrentar, por lo que decidí cederles esta parte del pastel, la creativa, para quedarme con la otra parte. Una parte que, además, era lo que mejor sabía hacer: la planificación de medios. Pero para entonces ya no bastaba con cursar, tramitar anuncios, o negociar tarifas y rappels, como había hecho en mis párvulos inicios. Ni mucho menos. Para entonces, la planificación de medios se había convertido casi en ciencia y era necesaria mucha, pero mucha especialización. Y me puse a ello. Y como siempre se me han dado bien los estudios, aquí sigo, formándome constantemente y aprendiendo de quienes tengo cerca. Es decir, creciendo, pero por dentro, no solo por fuera, que también.

En resumen, llevo 150 años hablando, oyendo, escuchando y entendiendo el lenguaje de los medios y para celebrarlo tengo previsto festejarlo durante estos doce meses. Hoy, más que nunca, merece la pena celebrar la vida, aunque sea en clave empresarial. En mi caso, no solo soy una empresa más que centenaria, soy una empresa familiar, en la que la unidad, el esfuerzo, la pasión y el respeto son valores que siempre han estado presentes y que se traducen, también, en nuestro trabajo y en la relación que tenemos contigo. Gracias a ti, que estás; a ti, que estuviste; y a ti, que estarás, puedo afirmar que soy la agencia más antigua del mundo en activo. Porque la historia no se escribe sola, o por lo menos, esta no.

Carolina Serra. Marketing Strategies.